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Historias de adopciones irregulares en Curicó.

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Revuelo trae la investigación que realizo el portal de noticias CIPER CHILE, en la que se refiere a la adopción ilegal de menores en el ex hogar San Ramón Nonato de Curicó.

Aquí dejamos parte de esta investigación. 

Mientras el juez Mario Carroza investiga las adopciones irregulares que involucran al sacerdote Gerardo Joannon, en Curicó surge una nueva hebra que vincula a la Iglesia Católica con la entrega ilegal de menores a matrimonios chilenos y extranjeros. CIPER investigó la historia de René Mestre, quien ha buscado a su madre biológica por más de 10 años, y descubrió que el orfanato San Ramón Nonato de Curicó fue un centro de adopciones irregulares, destinadas principalmente a matrimonios italianos. La religiosa que montó la red dejó la orden mercedaria y hoy es funcionaria del Vaticano.

El 31 de enero de 2011, el Asilo de la Infancia San Ramón Nonato de Curicó cerró sorpresivamente sus puertas. Cinco años después de haber festejado su centenario, las religiosas de la Congregación Mercedaria pusieron fin al hogar de niñas más antiguo e importante fundado por ellas en Chile. En el enorme terreno ubicado en San Martín Nº 570, a escasas cuadras de la Plaza de Armas de la ciudad, hoy funciona un colegio. Pero en los pasillos y pabellones donde antes vivieron centenares de niñas en riesgo social, se impuso el silencio. Allí quedaron sumergidos incómodos secretos que, tras el remezón que produjo la serie de reportajes de CIPER sobre adopciones irregulares (ver aquí), hoy comienzan a asomarse entre varias capas de polvo.

Para el cierre, sólo 36 menores convivían en el recinto y las monjas mercedarias lidiaban con una abrupta disminución de vocaciones. “El motivo principal del cierre del hogar es la falta de religiosas y, por cierto, la disminución de las niñas”, dijo su última directora Nilda Campos Leiva (sor Teresita), tras anunciar la noticia.

La repentina decisión de las monjas de la congregación de origen francés le puso llave a 105 años de historia. La obra no sólo marcó a generaciones de niñas, religiosas, novicias y voluntarias que pasaron por este emblemático hogar de menores. También concitó la admiración y cariño de los vecinos de Curicó.

Así lo reconocen algunas monjas que estuvieron en el establecimiento. “La comunidad contribuía muchísimo. Sin su ayuda no hubiese sido posible sostener el hogar”, señala a CIPER una de ellas para graficar el compromiso de muchos curicanos con San Ramón Nonato. La frase revela también el que fuera uno de los aspectos más difíciles de sortear para las religiosas: la constante falta de recursos.

Detrás de la puerta que cerraron las hermanas mercedarias quedaron años de esfuerzo destinados a criar y entregar educación escolar a centenares de bebés, niñas y adolescentes abandonadas o en riesgo social. Y también historias que la férrea disciplina mercedaria silenció hasta ahora.  Testimonios que dan cuenta de bebés y niños que desde ese asilo fueron entregados en adopción al extranjero y en Chile. Muchas de ellas de forma irregular.

“NO HAGAN PREGUNTAS”

Testimonios de personas que durante los años 70 y 80 mantuvieron vínculos estrechos con el asilo –internas, religiosas y voluntarias– apuntan a una de las superioras que lideró el establecimiento a comienzos de la década de los ‘80, sor Teresa Melo Leyton, como la autora de numerosas entregas irregulares de recién nacidos a parejas italianas. Los mismos testimonios dan cuenta del pago de comisiones por parte de los padres adoptivos extranjeros para garantizar la prioridad frente a matrimonios chilenos.

Según los estremecedores relatos, la religiosa actuó en complicidad con un juez de menores de San Fernando (Sexta Región) para obtener de manera express los documentos legales que facilitaran la salida de las recién nacidas al extranjero.

En 1983 sor Teresa Melo Leyton colgó su hábito y más tarde se fue de Chile. Hoy se desempeña como oficial administrativa en una importante repartición de El Vaticano en Roma.

De los testimonios recogidos, CIPER investigó dos historias y constató que las adopciones irregulares fueron una práctica que se desarrolló durante la dirección de sor Teresa Melo, pero también en años previos. CIPER contactó a dos personas que hoy buscan a sus padres biológicos y que fueron dados en adopción en el mismo recinto donde funcionaba el Asilo San Ramón Nonato, en el verano de 1972.

René Mestre fue arrebatado de los brazos de su madre biológica y entregado al hogar apenas nacido. En cosa de horas ya tenía una nueva familia. María Teresa Mestre alcanzó a estar poco más de tres años en el asilo y fue entregada a la misma familia días antes que René. A su madre biológica, que según algunos relatos que recogió CIPER la visitaba cada cierto tiempo en el hogar, le dijeron que la niña había muerto.

En ambos casos no hubo papeles de por medio. “No hagan preguntas”, fue la única condición impuesta por las religiosas a los padres adoptivos. Ello, sumado al secretismo de las monjas que estuvieron a cargo del establecimiento en esos años –una de ellas se encuentra retirada en un convento en la isla de Cerdeña (Italia)– les ha impedido a René y a María Teresa dar con el paradero de sus padres biológicos.

La historia del Asilo de la Infancia San Ramón Nonato aporta nuevos antecedentes a la larga y dramática lista de casos de adopciones irregulares ocurridos en distintas regiones de Chile en las décadas de los ’70 y ‘80. Pese al paso del tiempo, este oscuro y escalofriante capítulo de la historia reciente de nuestro país está lejos de cicatrizar.

IMPOSIBLE OLVIDAR

Cecilia y Alejandra se conocieron por su relación con el Asilo de la Infancia San Ramón Nonato casi a fines de las década de 1970. Entre 1977 y al menos 1982 mantuvieron un estrecho vínculo con el hogar. Ambas reconocen tener sentimientos encontrados: admiración hacia la labor que allí se realizaba; y rechazo por hechos que violentaban los mismos principios que las monjas decían defender. Las dos pidieron mantener sus verdaderos nombres bajo reserva.

CIPER las contactó y conversó con ellas por separado. Ambas manifestaron temor de que su relato pudiera enlodar la trayectoria de más de un siglo del asilo en Curicó. “No quisiera que pagaran justos por pecadores”, dice Cecilia algo nerviosa.

Porque entre los recuerdos de admiración y orgullo se cuelan otros más bien sombríos que 30 años después no han podido olvidar. De allí que sus relatos emerjan como una catarsis luego de que se hicieran públicos los casos de niños dados por muertos y que fueron entregados de manera irregular a padres adoptivos.

En 1977, el hogar era dirigido por sor Teresa Campos, la misma religiosa que décadas después volvió al hogar como superiora hasta su cierre en 2011. Eran tiempos de mucho apremio económico. “Sor Teresita salía en un antiguo camión a recorrer la ciudad para recolectar las alcancías que se dejaban en distintos puntos de Curicó para obtener donaciones”, recuerda Cecilia. Con esos aportes, más una pequeña ayuda del Estado (desde 1982, del Servicio Nacional de Menores, SENAME), se lograban sortear las dificultades propias de atender las necesidades de más de 100 niñas en situación de riesgo (ver aportes del SENAME desde 1991).

Alejandra cuenta que en ese tiempo las niñas estaban divididas en grupos, por edades, y ocupaban distintos pabellones en el hogar. Había una habitación especial, llena de cunas, sólo para recién nacidas. Contigua a ella, había otra donde dormía la superiora del orfanato.

-En esa época, en el hogar había una nómina con parejas que querían adoptar niñas. Parejas de chilenos y algunos extranjeros. Pero siempre se le dio la prioridad a las parejas nacionales. Yo conocí a religiosas que cuidaban con especial esmero a las bebés en la sala cuna. Incluso algunas dormían con ellas en su dormitorio. Y fui testigo de cómo las afectaba cuando tenían que entregarlas -dice Alejandra.

Cecilia recuerda muy bien el dramatismo que envolvía a muchas de las niñas que el hogar acogía. Y afirma que por entonces los procesos de adopción se realizaban de manera transparente:

-Me tocó ver niñas abandonadas en los hospitales o incluso en las puertas del hogar. Una vez llegó una guagüita que fue encontrada en una cajita cerca del río… Yo misma fui una vez a recoger a una pequeña que había sido abandonada en el hospital.

LA OTRA FACETA DE SOR TERESA MELO

Hasta que los procedimientos de un momento a otro cambiaron. Recién se iniciaba la década de 1980 y una nueva superiora se hizo cargo del hogar de Curicó: sor Teresa Melo Leyton. La religiosa era muy joven, aún no cumplía 30 años. Según sor Elena Ruiz, actual superiora provincial de la Congregación Mercedaria en Chile, ella “sí cumplía con todos los requisitos para dirigir una obra como esta”.

Sor Elena describe a Teresa Melo como una persona emprendedora, inteligente y capaz: “Era una buena religiosa. La orden la propone pero la confirmación viene de Roma. No por nada ella fue confirmada como superiora del hogar”.

Con la llegada de sor Teresa a la dirección del Asilo San Ramón Nonato, de manera abrupta, las parejas chilenas dejaron de frecuentarlo. No obstante, las adopciones siguieron su curso, esta vez bajo un novedoso y oscuro formato. No era el único cambio que se vivía en el hogar:

-Cambiaron las reglas, las normas e incluso el trato hacia las niñas y hacia el personal. Hubo monjas que sufrieron mucho. Bajo su mandato los tratos eran muy malos, tanto con las niñas como con las religiosas. En ese momento se quebraron muchas vocaciones entre las aspirantes (novicias) a monja. Sor Teresa les exigía mucho y todo el mundo comenzó a resentirse, a pasarlo mal -recuerda Cecilia.

DE CURICÓ A ITALIA

De lo que no hay duda es que durante la época de sor Teresa Melo, el Asilo de la Infancia San Ramón Nonato experimentó un leve auge económico. Los apuros financieros comenzaron a ser sorteados con mayor facilidad. Fue en la misma época en que resultaba cada vez más normal ver a parejas de extranjeros visitando el asilo.

-Ella comenzó a darle prioridad de adopción a los extranjeros, en su mayoría italianos y de buena condición económica. Los primeros que llegaron al hogar se conmovían por la situación de precariedad del orfanato y hacían donaciones. A veces era dinero, a veces camas o ropa. Era una forma de agradecer por la posibilidad de adoptar una guagua recién nacida –relata a CIPER  Alejandra.

Pero lo que en un principio fue un acto espontáneo de agradecimiento, pronto se transformó en requisito para llevar a cabo la adopción. Según el relato de una de las testigos, sor Teresa Melo comenzó a acelerar los trámites de adopción y a exigir dinero a cambio de las recién nacidas.

–Estaban sucediendo cosas extrañas en el hogar. Además del mal trato, ya sólo llegaba gente de nacionalidad italiana a buscar a las pequeñas para adoptarlas. Todo sucedía muy rápido y de manera sospechosa. En una oportunidad, yo estaba cuidando a dos guaguas de no más de tres meses que  fueron separadas del resto que estaba en la sala cuna. Era un cuarto especial, donde dormía la superiora, al lado de la sala cuna. Yo no debía estar allí, sólo estaba ayudando a una monjita que había pasado casi toda la noche cuidándolas y que estaba cansada. Por eso, cuando sentí pasos, me escondí en el baño. Sor Teresa entró a la habitación junto a dos mujeres de nacionalidad italiana y fueron directo a las cunitas de las dos guaguas. Hablaban entre español e italiano. Y ahí una de las mujeres le dice a la superiora: “Por esta el 15%, pero por esta otra sólo 10%”. Eso me confirmó lo que venía sucediendo desde hacía tiempo –cuenta Alejandra.

Cecilia no vivió situaciones tan explícitas como ésta. Sin embargo, guarda en sus recuerdos haber escuchado conversaciones telefónicas en las que sor Teresa Melo con mucho entusiasmo relataba a terceros la llegada de nuevos lactantes:

-Ella ponía demasiado empeño en el tema de las adopciones. Tenía mucho interés en los extranjeros. Antes, el hogar no funcionaba así. Sor Teresa hablaba regularmente por teléfono con personas de otro país, supuestos padres adoptivos, y en la espera los iba preparando. “Falta poco”, les decía. Y después, junto con anunciarles “ya nació”, les decía: “es sanita”, “está gordita”. Era chocante escuchar cómo se refería a las guaguas.

Cecilia agrega otro escabroso e inédito episodio a la oscura gestión de la joven superiora mercedaria. Fue en el primer semestre de 1981 cuando una joven embarazada y soltera llegó al hogar dispuesta a dar a su bebé en adopción. Fue la misma religiosa quien la habría convencido de que entregar a su hijo en adopción era la mejor alternativa:

-Lo que sucedió con esa joven embarazada fue muy distinto a otras situaciones. Porque yo nunca vi que una mujer terminara su embarazo en el hogar. Cuando el padre de la guagua se enteró de que iban a dar en adopción a su hijo por nacer, recapacitó y quiso reconocerlo. Apenas la mujer dio a luz en el Hospital de Curicó, el padre fue a inscribir al niño con su apellido. Fue un escándalo porque el joven se encontró con sor Teresa en el mismo Registro Civil y se produjo un altercado.

Cecilia relata que en ese incidente sor Teresa iba acompañada de un juez con todo el papeleo listo para hacer la inscripción y enviar a la guagua al extranjero. La férrea actitud del padre biológico lo impidió. Cecilia supo de los entretelones porque el hermano de una de las religiosas de San Ramón Nonato trabajaba como chofer de Teresa Melo. Fue a través de esa religiosa que Cecilia se enteró además del extraño vínculo que unía a la superiora con un juez de menores de San Fernando, el mismo con el que ésta se presentó en el Registro Civil de Curicó.

–Era usual que sor Teresa viajara a San Fernando a ver a este juez. Era él quien le hacía el trámite para regularizar las adopciones y permitir que las guaguas se fueran del país. Todo sucedía en menos de una semana. Por lo general, los padres adoptivos iban al hogar, permanecían en un hotel algunos días y luego se iban a Italia con un recién nacido -señala Cecilia.

 

Mas información de este reportaje realizado por el periodista de CIPER CHILE,  Alberto Arellano, lo encuentras en el siguiente link de El historial de adopciones irregulares que esconde un orfanato de monjas en Curicó.

 

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