Analizar la crisis de TVN sólo desde la perspectiva de la caída al cuarto lugar en sintonía que ha sufrido la estación en los últimos siete meses, sin considerar su aspecto valórico, podría ser un grueso error interpretativo. Repuntar los 12 puntos perdidos en horario prime no es la panacea, incluso la meta podría ser mayor, pero la crisis persistiría. De modo que suscribir la creencia de que sólo se trata de una cuestión numérica, susceptible de mejorar afinando decisiones editoriales o implementando nuevos planes de negocio, es no entender el quid del asunto. En rigor, la crisis de TVN es más compleja. Si bien es cierto que una arista tiene que ver con los bajos rating, también hay otras –más subjetivas, pero igual de importantes–, y que están relacionadas con la historia de esa casa televisiva, tras la que subyace una intrépida apuesta lanzada en despoblado: ser el canal de todos los chilenos.
Desde la arista objetiva, TVN llega a sus 45 años de vida cargando con una triple limitación: es ciega, sorda y muda. No ve, escucha poco y nada, y mucho menos, le habla a sus audiencias. El resultado es previsible: existe una absoluta desconexión entre el emisor y el receptor.
Es evidente que la señal estatal está desconectada de su púbico. Con frecuencia se observa cómo sus conductores y periodistas pierden el relato frente a la cámara, y éste se vuelve etéreo; el mensaje se diluye en ese tránsito entre emisor y receptor, cuestión que se evidencia cuando sus rostros no tienen otra cosa que hacer en cámara, que no sea comentar aspectos de su vida personal, incluso, de su vida íntima, cayendo en una absoluta omisión del destinatario del mensaje. El matinal no pasa de ser una mera conversación entre amigos que comparten un set como si fuera el living de su casa, haciendo caso omiso de los espectadores, quienes sólo son tomados en cuenta al momento de las menciones comerciales; ahí recién se percibe un cambio de actitud frente a la cámara, de mayor prestancia y seriedad. Está prohibido “chacrear” al auspiciador.
Entre ambas posturas, TVN ha vivido 41 de sus 45 años, cuestión que hoy le estaría siendo facturada en contra por sus audiencias, las que pueden perdonar pero no olvidar ese oscuro pasado, y que con su desinterés entienden que castigan la ideologización con la que TVN ha teñido su programación en estas cuatro décadas. La gente común y corriente siente que el canal nacional sobrepasó todos los límites posibles de su confianza, pero hoy está tomando conciencia de sus derechos como televidente, que se materializan haciendo zapping, y que ya no quiere ver en pantalla las mismas arrugas y consignas del pinochetismo (Argandoña, 60 Minutos; Hevia, Dinacos); la gente quiere un producto que huela a limpio. España hizo un trabajo para despercudirse de la dictadura franquista, tarea en que la radio y la televisión públicas fueron clave. En Chile eso sigue siendo una deuda de la televisión del Estado.
Qué está haciendo el canal público chileno con su decisión de ocultamiento –abierta manipulación– de la realidad, de esa que la mayoría de los televidentes percibe como su realidad, es decir, con los abusos del capitalismo salvaje, con la debilidad democrática de las instituciones, sino editorializar ese ocultamiento de manera perniciosa, modelando la realidad de millones de chilenos al antojo y estándares del capital financiero, contribuyendo a la sublimación de las audiencias a unos ciertos modos culturales, útiles a determinados propósitos mercantilistas. O sea, alineando las Smart ovejas, disciplinando a la población hacia una forma de vida que requiere de su alienación colectiva. Eso de educar, informar y entretener, queda pendiente.
