La Estación de trenes “Mataquito”, hasta hoy, es el único lugar que recuerda a los viajeros que, van o vienen a la costa curicana, el nombre del rio que les escolta, muy de cerca, por casi todo el ondulado trayecto.
Formado por los ríos Teno y Lontué, el estero Guaiquillo y afluentes menores, el “Mataquito” acompaña el viaje por la ruta J-60 hasta el sector La Pesca, donde se funde con las azules aguas del Océano Pacifico. Varios tramos de esa ruta fueron parte del trazado del ramal Curicó-Licantén que fue levantado a finales de la década del ’70.
De aquella ramificación ferroviaria que llegó hasta Licantén y que entró en servicio en marzo de 1920, aun se mantiene en pie ese emblemático edificio donde operó la administración de la estación ferroviaria, que, en su tiempo, permitió mover miles de toneladas con productos de la zona, destinados a los mas diversos puntos del territorio nacional, aportando notoriamente al desarrollo económico ese basto sector.
A menos de 14 kilómetros del final del recorrido, Licantén y solo 11, de la anterior punta de rieles, Hualañé, la estación “Mataquito” fue perdiendo importancia, se redujo el movimiento y a mediados de la década del ’60, se suprime como tal y se convierte en “paradero”. Ahora la detención es optativa, si había pasajeros con ese destino o el maquinista observaba a alguien esperando movilización el tren se detenía, de lo contrario “pasaba de largo” en la jerga ferroviaria.
La construcción de la estación “Mataquito”, según se indica en la página amigosdeltren.cl, se inicia en septiembre de 1935.
El conjunto, incluye el edificio estación, que acoge la casa y oficina del jefe, alzada al norte de las tres vías que serán el patio de maniobras e incluye, una bodega y una casa para el cambiador, situadas ambas, casi en frente de la anterior, al sur de las mismas vías.
Pero la estación “Mataquito” cumplía además otras funciones, como era la única estación situada a poco menos de 2 metros por sobre el nivel de río, a través de una variante, permitía el acceso del tren “lastrero” a una explanada natural de áridos a su orilla, permitiendo la extracción de material que se usaba para reparar la vía.
Por este ramal de “trocha angosta o métrica” circulaban a diario dos trenes que, por más de medio siglo movilizaron a millares de “costinos”, como se les denominaba, cargando, además de la producción de la zona, noticias a través del correo o los diarios.
En nuestros días, el sueño de los habitantes del sector, es ver ese inmueble, tras la reparación, convertido en un centro cultural que permita reunir a sus vecinos y reencausar la ilusión que un día creara el ferrocarril.
Hoy, el terreno donde reposaban las tres vías que formaban el recinto estación, desde unos años, se ha rendido al paso de cientos de vehículos que, en distintas direcciones, dejan esa estela de esperanza y vuelven a resonar los motores que pueden traer nuevamente mas progreso, nuevas expectativas si los vecinos logran reunirse y avanzan juntos.
