
Minecraft, un fenómeno de masas que ha cautivado a millones de jugadores en todo el mundo. El juego fue adquirido por Microsoft por 2.500 millones de dólares, ha dado un espaldarazo a los juegos independientes.
Bajo esa estética retro, de imágenes pixeladas en 8 bits que recuerdan a las primeras consolas, se esconde un juego de altas prestaciones, con grandes cotas de experimentación y, sobre todo, con un poder de concentración increíble. Es prehistórico en su esencia, y vanguardista en su filosofía.
Más de cuatrocientos mil jugadores pasan horas y horas tomando elementos para sus ampliaciones. Detrás de todo, está la comunidad, que le hace fuerte. Miles de usuarios cuelgan en sus perfiles de YouTube y redes sociales sus creaciones, sus parodias, haciendo un mapa cada vez más extenso.
Bloques y aparentes piezas de Lego es la apariencia visual, es un mundo cúbico extremadamente habitado. Donde se puede hacer lo que uno desee. No hay objetivo principal, no hay una conclusión, donde el jugador puede basarse en tres principios: supervivencia, pasatiempo o creatividad.
Por ello, el juego da la opción de explorar detenidamente los mapas (generados de forma aleatoria), recuperando materiales de todo tipo para fabricar los elementos, aunque uno deberá enfrentarse, en un ambiente, de criaturas hostiles.
